El discurso de Javier Sicilia está cargado de verdades
incómodas para los gobiernos de México y de Estados Unidos por sus estrategias
fallidas (a propósito o por incompetencia) contra el crimen organizado y el
tráfico de armas, drogas e indocumentados para esclavizarlos o prostituirlos.
Para comentar mis impresiones al respecto trataré de llevar
un orden cronológico.
Cuando llegué al evento me sorprendí al ver que se trataba
de un templo presbiteriano. Nos recibieron muy bien y nos enteramos que desde
hacía tiempo, en ese lugar, se le daba asilo a los migrantes indocumentados y se
les ofrecía comida, agua y un techo pasar la noche, es decir, es uno de los
pocos lugares en donde se trata a los seres humanos con dignidad sin importar
nada sobre su procedencia. Yo no me considero religioso (no simpatizo con
ninguna institución creada por el hombre que se crea depositaria única de la
verdad), sin embargo me considero un ser espiritual consciente del imperio de
un orden superior en el universo. Todo este rollo es para poner en claro que
existen templos con consciencia humanitaria, que prestan sus instalaciones para
fines de interés social y que merecen toda mi admiración. Mis también para el
hermano vestido de franciscano y con una larga barba (no recuerdo su nombre)
que como buen anfitrión nos dio la bienvenida y nos saludó con una bendición.
Antes de la intervenciones, ya instalado en mi lugar, empecé
a platicar con un estadounidense, de nombre John, que viajaba con la caravana
de la paz. Me comentaba sobre las críticas que podría recibir Sicilia porque
ese mismo día se había reunido con Joe Arpaio, alguacil del condado de Maricopa
famoso por tratar a los indocumentados como basura y bueno, creo que no es
necesario poner en contexto el tema de la Ley Arizona y sobre cómo la pasan acá
los connacionales sin papeles. En fin, John me platicaba sobre las ciudades que
visitarían al tiempo que me pasaba una hoja para hacer la petición al
presidente Obama de detener el tráfico de armas que solo consigue apertrechar
al crimen organizado en México. Su español era perfecto y claro. En ese momento
me percaté que entre los asistentes y la comitiva de la caravana habían
estadounidenses sajones y afroamericanos (es decir, no de origen latino) que
hablaban el español y que estaban ahí por un auténtico interés social. En ese
momento pensé en los millones de mexicanos que están en un estado semi-vegetativo
haciendo eco de lo que dicen los medios oficiales o simplemente bajando los brazos
y callando porque se cansaron, porque ya para qué hacen algo, si de todas
formas van a imponer al polichinela, o que ya no dicen nada porque piensan que
ya pasó de moda. Que vergüenza que mejor estos güeritos y afroamericanos se
indignen y firmen peticiones a Obama, que apoyen a los grupos de migrantes en
Arizona y que ofrezcan su hospitalidad a los miembros de la caravana, cuando
otros mexicanos piensan que la imposición es agua pasada aún antes de consumarse,
que los secuestros, asesinatos, desapariciones forzadas y demás injusticias no
son de interés porque no les ha sucedido a ellos o a algún familiar cercano. Que
triste ver que mejor los extranjeros quieren ayudar a los mexicanos víctimas de
las injusticias que los mismos mexicanos comodones o indiferentes que piden
indignados que los dejen trabajar, que no los molesten con nimiedades.
Pero bueno, un aplauso para estos estadounidenses que luchan
por reivindicar a sus paisanos caza-mexicanos. No todos los estadounidenses son
violentos, no todos odian, no todos se burlan de nosotros. Gracias por la
solidaridad sincera de estos seres conscientes que usan sus vacaciones para
luchar por nuestros derechos viajando con Sicilia y sirviendo de intérpretes,
recolectores de firmas, apoyo logístico y moral e incluso, dando testimonio y
participando en los discursos de las víctimas de la violencia que viajan con el
poeta.
No mencionaré los detalles del discurso de Sicilia, pues el
video lo pueden ver en el link que envío y vale la pena escucharlo en la voz
del autor. Una disculpa de antemano, no tenía tipié y me temblaba la mano, pero
creo que desde ahora es bueno crear conciencia que todos debemos ser reporteros
de la realidad que los locutores maiceados nos quieren ocultar. Como decía, en
lugar del discurso estelar prefiero hablar de las víctimas de la violencia,
personas que reviven su tragedia cada vez que la cuentan, personas que no
pierden la esperanza de encontrar a sus familiares extraviados, personas que
defienden su territorio de invasores corporativos y los infaltables del
Yosoy132 de Villahermosa y de Tucson. Todos ellos buscando la atención de la
prensa extranjera, unos oídos a sus peticiones y sobre todo justicia. Ellos están viajando de costa a costa, desde San
Diego hasta Washington, pasando por otras 22 ciudades, manejando sus carros,
usando sus pocos recursos económicos y confiando en la hospitalidad de sus
anfitriones, todo con el fin de contar su historia ya que la justicia mexicana
es igual de efectiva que el IFE y el portal SPEI, siempre a favor del mejor
postor.
Pues bien, los organizadores del evento brindaron el
micrófono por máximo 5 minutos a los participantes (eran muchos y ese tiempo
alcanzaba para que cada uno expusiera su situación) y tenían como común
denominador la falta de voluntad de la autoridad por realizar una investigación
del caso. Me disculpo por no mencionar los nombres de los participantes, no los
recuerdo de momento (necesito revisar los videos en diferentes dispositivos,
pues no tenía pila suficiente y los testimonios están en una cámara, en mi
celular y el celular de mi novia), pero vale la pena hablar de cada uno de los
casos en diferentes entradas.
Una señora mexicana, que se encuentra viviendo en Estados
Unidos, narra sin mucho detalle, quizá por el dolor que le provocaba, como la patrulla
fronteriza asesinó por la espalda a su hijo, un niño, el cual era nacional de
Estados Unidos por haber nacido aquí. Fue un disparo de un agente fronterizo (el
cual yo conjeturo que sigue libre, pues de otra forma la señora no estaría en
la caravana pidiendo justicia). Cuando el plomero que acompaña a Mitt Romney,
candidato republicano a la presidencia de EE.UU. propone que hay que dispararles
a los migrantes en la frontera no está proponiendo nada original, ¡eso ya se está
haciendo! como pudimos darnos cuenta por este testimonio.
Otra señora se planta en el presídium y con la voz baja y
entrecortada comienza su testimonio. Los organizadores le alientan a que hable
más fuerte y comienza de nuevo con un saludo a la audiencia y presentándose.
Ella busca a su hermana, desaparecida desde hace varios años y no sabe nada de
ella. Sostiene frente a sí una fotocopia de su rostro y un teléfono. No pierde
las esperanzas, así como de una forma misteriosa pareció esfumarse de la Tierra,
espera que de algún modo puedan
encontrarla, no pierde la fe. Otra señora toma el micrófono, no puede contener
el llanto y otra persona muestra una foto de su hija, desaparecida “hace un año
y 22 días”, lo cual nos dice que no pasa un solo día en el que no piense en
ella o espere su regreso. Su hija se llama Coral, en la foto se ve a una muchacha
joven, con una sonrisa. Desapareció misteriosamente en el trayecto de una
carretera. Toma la palabra un indígena wixárika de San Luis Potosí. Nos
comenta: “así como el vaticano es el lugar sagrado para los católicos o la
mezquita en Jerusalén para los musulmanes, así Wirikuta lo es para nosotros y
el gobierno nos lo arrebató para ceder la tierra a una compañía minera
canadiense”. Con lágrimas en sus ojos se reflejaba su pesar, y añadía que
también se planea construir 7000 casas (negocio redondo para mineras extranjeras
y constructoras de los amigos del gobierno). No pidieron permiso ni sugerencia
de ese pueblo, sólo les arrebataron su tierra sagrada sin más miramientos.
Otro muchacho también denunció a otra empresa en Morelos, la
cual por sus procesos demandará mucho gas natural, que llevarán desde Tlaxco,
en Tlaxcala, y pasará por tres estados. Mencionó que dicho gaseoducto pasa muy
cerca del volcán Popocatépetl (actualmente en fase rojo 1) y ello pone en
peligro a gran cantidad de gente a la que no se le informa que cerca de su casa
hay un potencial desastre.
Un afroamericano tiene ahora la palabra, nos saluda en
español y continúa en inglés para ser más fluido. Sostiene a su niño pequeño en
sus brazos y nos habla de la estupidez de su gobierno en el tema de la venta
indiscriminada de armas, en la criminalización de razas y el estado deplorable
de las prisiones a donde van a parar. En el pasado era el esclavismo, ahora hay
nuevas y sutiles formas de segregación. Otro local toma la palabra y también en
inglés, narra su paso por las drogas e invita a los concurrentes a no permitir
que ningún familiar caiga en ese callejón sin salida. Unas mujeres mexicanas
dan información sobre una agrupación que ayuda a las hispanas en EE.UU. que
sufren violencia doméstica y acoso laboral, dan sus teléfonos. Al final de las intervenciones se nos invita a
tomar el micrófono y tomar la palabra, algo que al menos yo no esperaba. Parece
que los que más se animan a participar son los Tucsonianos que dan su
intervención en español. Uno de ellos se muestra muy triste y extrañado. Narra que
hacía 10 años él y su familia vivían en San Miguel de Allende, de forma
tranquila. No puede creer como en 10 años ha cambiado tanto México. Se le ve
con el rostro desencajado, admirado y concluye felicitando a los miembros de la
caravana por su valor.
Al final del evento, un señor notó que estaba grabando las
intervenciones y me regaló una revista. Contiene la crónica de la caravana por
el sureste de México, y antes de que yo le agradezca y le pregunte por el
precio de la revista él se adelanta y me da las gracias y se va. Ellos no piden
nada a cambio, ni caridad, solo difusión de su situación y justicia.
Me fui del lugar con sentimientos encontrados. Por un lado
me sentía decepcionado de todas las autoridades por permitir situaciones tan
atroces. Por otro lado me sentí con ánimos, pues la gente ya no está dispuesta
a sufrir las vejaciones en el silencio de su casa, sino que armados de valor se
van a difundir su caso con la esperanza de que no le suceda lo mismo a alguien
más.
Elmer Homero
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