La semana pasada se dio
a conocer, en un documento de las Naciones Unidas para la Alimentación y
la Agricultura (FAO), que la sequía que afecta a 75 por ciento del
territorio estadunidense con cultivos de maíz y soya causó, en junio y
julio pasados, alzas hasta de 30 por ciento en los precios
internacionales de esos productos. El incremento, según el Boletín
Trimestral de Seguridad Alimentaria y Nutricional, podría ser
parcialmente contrarrestado con el aumento de la producción cerealera
sudamericana. Sin embargo, Raúl Benítez, representante regional del
organismo internacional, advirtió que “este nuevo nivel de precios
representa –en el corto plazo– un desafío adicional para aquellos países
importadores netos de estos granos y de soya, en especial aquellos
cuyas importaciones dependen de Estados Unidos, como México, los países
centroamericanos y caribeños”. A lo anterior debe agregarse el dato de que la FAO redujo hace unos
días su proyección para la producción mundial de arroz, debido,
principalmente, a la relativa escasez de lluvias en Asia y los países
insulares del Pacífico. En el panorama interno la sequía se ha traducido también en una caída
de la producción nacional, por lo que el país se verá obligado a
incrementar sus importaciones de alimentos, según lo reconoció en mayo
pasado el subsecretario de Agricultura Mariano Ruiz. Los fenómenos referidos podrían traducirse, si las autoridades
correspondientes no toman medidas ágiles y adecuadas, en un
encarecimiento brusco y severo, una perspectiva preocupante si se
considera la pronunciada inflación alimentaria por la que atraviesa el
país: de acuerdo con la misma fuente, ya en junio pasado la tasa
respectiva superó 8 por ciento, algo que no había ocurrido desde 2009. En aquel año, ante la carestía de los alimentos, el gobierno federal,
en vez de emprender acciones para reactivar la menguada producción
agrícola,, optó por subsidiar a productores extranjeros y a
intermediarios a fin de abastecer el mercado interno. Pero, incluso si volviera a ponerse en práctica una decisión
semejante, el acceso a alimentos básicos para el grueso de la población
dista mucho de estar garantizado. Si de por sí, más de 20 millones de
habitantes se encuentran en situación de pobreza alimentaria, una
espiral de aumentos en los precios llevaría a un agravamiento de esa
intolerable circunstancia, generada no sólo por la concentración de la
riqueza característica del modelo económico vigente sino también por el
abandono del campo por parte de las sucesivas administraciones desde
1982 a la fecha y por la apertura comercial devastadora que ha venido
teniendo lugar desde 1994. En suma, el país se encuentra ante el riesgo
de una hambruna. Es claro que la política económica imperante debe ser radicalmente
modificada, y uno de los ámbitos en los que más urge el cambio de
paradigma es en las actividades agropecuarias, superando el extremado
pragmatismo cortoplacista que las ha caracterizado. Hay cultivos
estratégicos –como el maíz– que deben ser protegidos, como ocurre en
Japón, la Unión Europea y en la propia nación vecina, a fin de recuperar
la independencia alimentaria, perdida hace ya cosa de tres décadas.
Asimismo, resulta fundamental emprender la redignificación del campo y
de la condición política, social y económica de los campesinos. Ésta es una de las reformas que realmente urgen en el país y que
deberá emprender a la brevedad la administración que inicie el próximo 1
de diciembre. De otra manera no sólo habrá que convivir con la amenaza
de la hambruna sino, por consiguiente, de estallidos sociales de
consecuencias imprevisibles. http://www.jornada.unam.mx/2012/08/12/edito
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