2012/09/05

ALTA TRAICIÓN: Los queaceres del TRIFE


Por: Salvador Camarena
En: Sin Embargo



El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no encontró en la impugnación presentada por el Movimiento Progresista motivos para invalidar la elección del 1 de julio. 

Se está en libertad de compartir o no esa decisión. Pero incluso para los que creen que el recurso promovido por la izquierda era impresentable –que contenía increíbles gazapos, insolvencias y contradicciones– es difícil pasar por alto el tono de los magistrados en la sesión del jueves. 

En esta misión, los magistrados eligieron apegarse al texto, quedarse en ello y obviar el contexto. Su acción fue regida por un principio de mínimos, no tuvieron vocación de sancionar una elección, sino solo de despachar un trámite. Su decisión –imposible pensar que no sabían lo que provocarían– da vida a los duros de un lado (de la izquierda) y necesariamente fortalece a los del otro (a los duros del sistema, entiéndase por esto a priístas pero no exclusivamente son solo de ese partido). 


Había en la sesión del jueves un chocante aire de egocentrismo. Al menos dos magistrados le restregaron a la nación la dimensión de su fatiga. En un país de 50 millones de miserables, algunos de los funcionarios mejor pagados de todo el sistema burocrático nacional –que ya es mucho decir– sintieron la necesidad de vanagloriarse de que habían pasado las últimas semanas leyendo miles de hojas antes de lograr la resolución. Quizá mencionaron eso porque no tenían de otra, pues sabían de antemano que sus argumentos sobre las insuficiencias del recurso del quejoso iban a ser tan escuetos y poco convincentes que estaban obligados a vendernos su argumento de una justicia medida por kilos, o por metros, o por horas como gusten ustedes dimensionar el expediente. De Cicerón a algún prócer de la Reforma, los magistrados se dieron vuelo citando a clásicos y engolando la voz como en un intento para alcanzar la estatura de la historia. 

Siempre será sospechoso que uno se sienta forzado a subrayar que sabe que el destino del país está en sus manos. Eso vimos y escuchamos el jueves, y también el viernes. Por lo anterior, incluso quienes no ocultaban su franca decepción ante las deficiencias del expediente –chivos y pollos incluidos– se han quedado en el peor escenario. 

Quien no cree en el “fraude” pero que tampoco considera inmaculado el proceso electoral que otros pregonan a partir del argumento de la abultada participación o lo pacífico del proceso, se han quedado sin argumentos inteligentes o sólidos por parte del Tribunal. Los magistrados fueron incapaces, me temo que ni siquiera lo intentaron, de escapar del guión de opereta que algunos ya les habían escrito: ellos validarían “el fraude” porque forman parte del grupo que se beneficia del statu quo. Pero hacía falta actuar como si se esforzaran en cumplir ese supuesto “destino”. 

Quienes creyeron que el Tribunal aportaría certezas de lo que sí fue y de lo que no fue la elección, se han quedado ante un cuadro, un retrato de un proceso y de unos actores que parecen todos de fábula sin moraleja porque nunca, según los magistrados, hubo ni siquiera tensión dramática en el pasado proceso electoral. El problema no es el rigorismo legalista, sino que los magistrados redujeron a eso su participación. Su fallo hace lógica y, ciertamente, inevitable la radicalización de algunos sectores de la izquierda. Eso provocará que en la acera de enfrente se escuche más a los halcones. 

Y en medio, los moderados se quedan sin muchos asideros, pues entre otras cosas el Tribunal no se los dio. Tanto por el criterio adoptado para resolver este caso, como por el tono para comunicarlo, el Tribunal podrá atestiguar como su renuncia a escribir una buena historia legal de la elección se convierte en un capítulo de este estéril drama, en cuya siguiente escena los duros tendrán más “razones” para disputar los roles protagónicos. Gracias Tribunal.

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