2012/09/17

EU, la otra cara de la guerra

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La guerra contra las drogas que se libra en México tiene su cara oculta y su origen en Estados Unidos, donde en 1971 Richard Nixon declaró su War on Drugs: “El enemigo público número uno de Estados Unidos –dijo entonces– es el abuso de las drogas. Para poder (…) derrotar a ese enemigo es necesario llevar a cabo (…) una ofensiva a escala mundial (…) con ello declaro la guerra contra las drogas”. Lo que hace tan oscuro este acontecimiento es el aparente alzhéimer social y político del fracaso de otra gran prohibición, la del alcohol, durante los años veinte, en Estados Unidos.

Parecería que aquel periodo terrible que duró 17 años (1917-1933) y que concluyó con la derogación de la Enmienda XVIII y la Ley Volstead, la cual prohibía la venta, importación y fabricación de bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos, se hubiese borrado de la memoria histórica en menos de 40 años.

Por un lado, la guerra contra las drogas sigue –esta vez a nivel internacional– la misma lógica de la ley seca que fracasó: el aumento y la diversificación de la criminalidad, los estragos del consumo –antes, de alcohol adulterado, y ahora de la droga sintética y de mala calidad–, la multiplicación de las mafias, la corrupción de las autoridades, la destrucción de los tejidos sociales, el miedo, la incertidumbre, la violencia, el horror y la muerte. Por el otro, y a diferencia de lo que la administración Roosevelt hizo en 1933, las sucesivas administraciones estadounidenses y los gobiernos que, como el de México, han aceptado esta guerra como parte de su política de seguridad, se niegan a regular las drogas.

Frente a este panorama, habría que decir que del lado de la sociedad hay realmente una desmemoria histórica. La rapidez mediática, los grandes flujos de información manipulada por el mercado y la propaganda contra la droga y a favor de la guerra han hecho estragos. Del lado de los estadounidenses, una buena parte de ellos ignoran la inmensa responsabilidad que su política antidrogas tiene en la destrucción de México, y, por lo mismo, son incapaces –si acaso recuerdan el periodo de la prohibición del alcohol– de hacer una conexión entre las enseñanzas del pasado y las necesidades del presente. Del lado mexicano, la mayoría de la sociedad desconoce aquel periodo de la historia de EU, e incapaz de mirar su presente en el espejo de aquel pasado, no encuentra la salida.

No podría decirse lo mismo en el caso de la memoria política. Aquí, la manutención de la guerra por parte del gobierno, que no ignora el pasado, pero que lo usa de manera perversa, tiene como componente uno de los grandes males que están corroyendo la vida civil y democrática del mundo: la subordinación del Estado y de sus gobiernos a la lógica de los grandes capitales.

Detrás de la moral puritana contra las drogas, lo que en realidad se encubre es la construcción de una guerra que permite administrar el conflicto para maximizar capitales. ¿Quiénes ganan? Los negocios contraproductivos: los bancos que lavan dinero, la industria armamentista, los administradores de cárceles, las mafias, las Fuerzas Armadas, los laboratorios de producción de drogas, las policías y los funcionarios corruptos. ¿Quiénes pierden?: la ciudadanía, sometida a la violencia del Estado y de los criminales, los tejidos sociales y la democracia. No es otra cosa lo que nos dicen el aumento del consumo de drogas, los miles de muertos y desaparecidos, la diversificación del crimen, la militarización en México, las miles de armas vendidas ilegalmente, los presos a causa de la droga y las cifras millonarias que EU ha invertido en ayuda militar (en las últimas cuatro décadas EU ha arrestado a más de 40 millones de personas y ha gastado 2.5 billones –2.5 millones de millones– de dólares en el combate a las drogas). No es otra cosa tampoco lo que dicen las ganancias del lavado de dinero, calculadas en más de 3 billones de dólares durante el sexenio de Calderón, la timorata intervención en el lavado de dinero en el banco HSBC (además de que seguirá operando normalmente y ninguno de sus funcionarios irá a prisión, la sanción que se le impuso, 379 millones de pesos, es insignificante), y la ausencia en las cárceles de funcionarios públicos, de agentes aduanales, tanto de EU como de México, y de dueños de empresas que venden ilegalmente armas.

Bajo esta lógica perversa, la cara oculta de la guerra en EU no sólo está destruyendo a México y a muchos otros países, sino poniendo en peligro lo que sus padres fundadores le dieron al mundo antes que Francia: la democracia y las libertades civiles.

La Caravana que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad está a punto de concluir en Washington ha buscado poner en la conciencia de los ciudadanos de EU la realidad de esta guerra y la necesidad de que juntos, estadounidenses y mexicanos, presionemos a nuestros gobiernos para que tomen la ruta de la paz. Sólo la presión ciudadana puede hacer que los gobiernos sirvan nuevamente a los intereses de la nación, y no al sometimiento que el crimen y la maximización del dinero les están imponiendo. No hemos pretendido en estos largos días hacer grandes cosas. Somos poca cosa frente a la inmensidad del mal. Sólo hemos encendido una vela por la paz en el centro de la cara oscura de esta guerra.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

Este texto se publicó en la edición 1871 de la revista Proceso que empezó a circular el domingo 9 de septiembre.

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