2012/09/06

Malas señales en Huitzilac

Huizilac, Morelos, entró a la historia mexicana el 5 de octubre de 1927, cuando fue asesinado el general Francisco Serrano y 12 militares cercanos a él, asesinatos políticos por instrucciones de los generales sonorenses: Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, según la novela El Jefe Máximo, escrita por el literato juarense Ignacio Solares (1945).

Este terrible episodio permite entrever severos desarreglos y puntos ciegos en la política de seguridad seguida por la administración de Felipe Calderón:

El descrédito de la Policía Federal. Hoy, de nuevo, una de las joyas institucionales de este sexenio, no solo por los recursos invertidos sino por el propósito de erigirse en un modelo de operación sustentado en el profesionalismo y la confiablidad de sus cuadros, se encuentra en el ojo del huracán. Hace un par de meses, como se recuerda, miembros de la corporación escenificaron un tiroteo —con un saldo de tres muertos— en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, aparentemente por causa del tráfico de drogas.

Los términos de la cooperación en materia de seguridad entre Estados Unidos y México. La presencia de dos “diplomáticos” cerca de instalaciones de la Armada permiten entrever el involucramiento de agentes de los Estados Unidos en tareas de asesoría y preparación de las fuerzas mexicanas. A través de diversas notas periodísticas, se dice que se trata de agentes de la cia, que forman parte de un programa de adiestramiento dirigido a miembros de la Armada de México. Aunque no deja de ser escandaloso, lo anterior no sería algo nuevo ni ilegal per se, pero sigue levantando suspicacias, con razones suficientes, el desconocimiento de los términos generales de la colaboración, sobre todo el grado de intervención y el tipo de operaciones de los agentes estadounidenses presentes en territorio nacional.

Se ha documentado periodísticamente que la Secretaría de Marina y el Pentágono tienen firmado un instrumento de colaboración y confidencialidad: el Acuerdo General de Seguridad de Información Militar, cuyo objetivo es intercambiar información de seguridad nacional y no revelarla ni las operaciones que hagan en función de ella a ninguna autoridad gubernamental, empresa, institución u organización ni incluso a un tercer gobierno. A la luz de lo anterior, que se desprende de los archivos dados a conocer en WikiLeaks, se hace más comprensible la mejor relación de la Armada con el gobierno del vecino del norte, a diferencia de lo que sucede con el Ejército y la SSP.

La secrecía oficial. La ausencia de transparencia gubernamental, sobre todo en materia de seguridad pública, no solo deja al ciudadano medio sin elementos para juzgar el desempeño de sus autoridades sino que envía señales de flaqueza institucional, promueve la incertidumbre y la desconfianza de la sociedad en las autoridades y de las instituciones entre sí.

La escasa comunicación y coordinación institucional. Junto a lo anterior, ya lo veíamos, se encuentra otro problema clave del sexenio que termina: ni los mandos ni la tropa de las fuerzas estatales han logrado sostener una relación fluida, alejada de sospechas mutuas, con todo lo que ello significa a nivel institucional: desconcierto, operativos fallidos y dudas que matan, en ocasiones literalmente...

La desconfianza hacia las autoridades mexicanas, faltaba más, trasciende fronteras. Gracias a los documentos filtrados por WikiLeaks, fue posible advertir, entre otras cosas, la carencia de coordinación entre las instancias del gabinete de seguridad nacional y que el Ejército Mexicano era poco confiable a los ojos de Washington, a diferencia de la Armada… En su momento, incluso se especuló que la renuncia del embajador Carlos Pascual había obedecido, en alguna medida, a sus malas relaciones con el propio general secretario Enrique Galván.

Perturbador y borrascoso, lo ocurrido en las inmediaciones de Tres Marías envía una señal —otra más— sobre el desbordamiento de la delincuencia organizada... Aunque las hipótesis sobre lo sucedido siguen abiertas. El propio Felipe Calderón, ante el embajador Anthony Wayne, ofreció una disculpa adecuada y, al tiempo, un repaso de las posibilidades.


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